No vayas a misa. ¡Todo es mentira!

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Hace pocos días, dos jóvenes iberoamericanas, tituladas superiores, que amplían estudios en nuestra Universidad me decían con el corazón roto: "nos sentimos solas, lejos de nuestras familias y aquí los compañeros nos dicen que no vayamos a Misa porque todo eso es mentira". Me vino a la mente el dramático contraste, nuestros misioneros arraigaron la fe en los pueblos de América de tal modo que sigue creciendo hoy como fuente de esperanza y, mientras tanto, aquí algunos de los nuestros, hijos del nihilismo y del prejuicio, destruyen sin pudor esa semilla de vida y de sentido, dejando a las personas en la soledad del vacío y de la nada. Unos llevaron la fe y siguen en ello, mientras otros aquí la quitan. ¡Triste paradoja!

cristobn2La fe en la Eucaristía es la medida de la madurez de la vida cristiana. Quizás sea una asignatura pendiente que nos interpela. También puede ser el indicador de la autenticidad de nuestro supuesto cristianismo. ¡Un cristianismo sin Dios, sin espiritualidad, sin vida eterna! El cristianismo no se reduce a una doctrina, a mera pertenencia tradicional. Intentar ser cristiano sin vivir unido al Hijo de Dios es una vana pretensión. Parece que hoy la prepotencia de una cultura deshumanizada, que repliega al hombre y le priva de referencias, acentúa aquellas dificultades que encontró Jesús cuando anunció el Pan de la vida (Cf Jn.6).

¿Cómo dice que ha bajado del cielo?

Cuando se interpretan las Escrituras y se entiende la vida cristiana como mera obra humana resulta extraña la perspectiva del cielo. Es necesario recordar que la fe cristiana sólo se encarna en esta tierra si encarna a Dios. El creer y el vivir de la fe no es mera obra humana. Cuando le preguntaban a Jesús "qué obras hemos de hacer", respondió "lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado ". Es decir, que aceptemos a Jesucristo como la sustancia de nuestra vida, su persona, su palabra, su vida, su obra. Identificados con la experiencia de Pablo: "Para mí la vida es Cristo ".

A la fe se llega por la experiencia personal de la conversión. La fe no se improvisa, es el resultado de un proceso interior, donde se abre el horizonte con nueva luz, nuevo sentido y nuevo vigor. Un proceso que culmina en un encuentro con Jesucristo que resitúa la vida. Este acontecimiento supone nuestra libertad y viene de lo alto. Quien admite a Dios suplica el don de la fe, acogiéndola con hambre y sed, en la tierra fecunda de la sinceridad y la esperanza. No sirve una fe auto-inventada a nuestra imagen y semejanza, como me decía un joven, "yo creo en Dios a mi manera". Este es el caso de un dios imaginario sobre el que se proyecta la tentación del Paraíso: "seréis como dioses". Creer en Dios no es imaginación sino entrega confiada, nacida del cielo, en diálogo explícito, sincero y enamorado. Es acoger a Dios de la manera más palpable posible: en el Cristo creído en la Iglesia. La fe viene del cielo. Son muchos los pasajes bíblicos donde se nos muestra la acogida confiada del don de la fe. Baste recordar la Anunciación de la Virgen María (Cf Lc 1,26-38), la confesión de Pedro "eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16,17), el paso de Pablo al cristianismo (Cf Hch 9,1-19).

Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?

El intento de acomodar la fe cristiana a la lógica humana es una vana pretensión. La fe en Jesucristo es un salto hacia arriba. Una novedad que rompe las fronteras de lo humano y sitúa en la onda de Dios. Al creer en Cristo se entra en la zona del Misterio, en la vida en Dios. Creer en la encarnación del Verbo, en la Eucaristía, en el perdón de los pecados, en la Redención obrada por la Pasión y Resurrección de Cristo es entrar en el Misterio de Dios. Vivir más allá de lo sensible y de la lógica humana. Vivir en la lógica de Dios, en las verdades reveladas, transmitidas de generación en generación. No se llega a la fe ni se vive de ella como resultado científico sino como acontecimiento sobrenatural.

cristobn4Para llegar a estos misterios hay que traspasar los límites de la sensible. Algo parecido ocurre al amor humano. El fiarse de alguien, el amar es, ante todo, una experiencia espiritual. El esperar ni se toca ni se ve y, al mismo tiempo, es imprescindible para vivir. El vivir va más allá de los mecanismos orgánicos. Vivir es una experiencia radicada en el espíritu humano. El vivir dentro del misterio de Dios es el lugar propio del vivir de la fe. El hombre no sólo es capaz de Dios sino que lo necesita y tiende a Él. Puede entrar en la experiencia de los misterios de la fe: vivir unido al Verbo Encarnado, renacer a los frutos de la Redención, comer el Pan de la vida y participar de la comunión de los santos, la unión con los hermanos en la fe y con la familia del cielo, meta de nuestra peregrinación.

¿También vosotros queréis marcharos?

La cercanía con Cristo es interior. No es una proximidad externa, superficial. El pasaje evangélico donde Jesús revela el misterio eucarístico, describe diversas formas de cercanía. Unos le seguían por curiosidad (una religiosidad sensible), otros para beneficiarse de sus milagros (una religiosidad interesada) y otros por fidelidad personal. Esta última es la verdadera cercanía, la comunión. Sólo estaban con él quienes le seguían desde dentro, desde su corazón. Los que le siguieron desde fuera no resistieron la novedad de la Eucaristía y se marcharon. Esta historia se repite. Quizás muchos de los que se consideran cristianos no hayan llegado al corazón de la Eucaristía. Estos no se marcharon, simplemente no estuvieron.

La pregunta de Jesús, llena de tristeza, se dirige a los suyos, a los Doce. La tristeza del temor de perder a alguno de los suyos. Hoy, el bajo porcentaje de la asistencia a la Misa dominical nos cuestiona en profundidad. No es una mera cuestión estadística. Este abandono hiere aún más cuando se pretende justificar desde actitudes ambiguas. Son muchas las argucias que se aducen para justificar este fenómeno. Tampoco ayuda el equívoco dicho popular: "primero es la obligación y luego la devoción". Desde la fe, lo primero es amar a Dios sobre todas las cosas.

Para el cristiano la única actitud válida es la de Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68).

 Sevilla, 30 de enero de 2011

Última actualización el Miércoles, 16 de Marzo de 2011 19:42

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